miércoles, 9 de septiembre de 2009

Tomaba el cigarro. Temblaba en pos a sus manos. Introduciéndoselo en la boca, inspiraba el aire devastador del tabaco hilado, el fino tabaco, el tabaco preciado. Mientras inhalaba, el tabaco enfurecía, mientras inhalaba, el tabaco enfurecía, se enrojecía, y luego se calmaba. Reposaba mudo en su boca, jugaba, se mezclaba en los pulmones. Hacia, seguramente, círculos o cuadrados, con los que legendariamente, terminaba saliendo por la boca, con el impulso de un suspiro bien acabado; inundando, así, todo el cuarto. El humo hacía aun más tétrica la situación.

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